miércoles, 21 agosto 2019
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«Las cuatro semillas de Alba de Tormes» por Lauren Sevillano

Los latidos de mi corazón se unen estos días a los latidos del corazón de Alba de Tormes. Precisamente cuando comenzaba unos días de descanso, un joven de Alba, al despuntar el día 21 de julio, me transmitía sobrecogido el resultado de una noche de fiesta y alegría. La perdida de cuatro jóvenes provocaba en todos los que recibíamos la noticia, conmoción y consternación. A partir de aquí, fuimos conociendo todas las muestras de afecto y solidaridad propias de lo más noble del corazón humano.

Mi primer pensamiento y oración fue para las víctimas y sus familiares. Después silencio.

Durante este tiempo he recordado a todos los jóvenes de Alba. Con ellos tuve la suerte de caminar y convivir varios años. No son distintos a los demás. En sus anhelos y búsquedas está el deseo de felicidad y plenitud. Pero sí hay algo que importa de verdad a los adolescentes y jóvenes es su pandilla de amigos. Los amigos se convierten en referentes y confidentes. En ellos encuentran alegría, compresión y apoyo. Se entiende así el dolor y las lagrimas, cuando un amigo se va.

Con sus luces y sombras, los jóvenes son lo que fuimos un día los mayores. Es verdad que la situación social y cultural ha cambiado mucho en los últimos años, pero seguimos coincidiendo en lo esencial de las “búsquedas” y cometiendo los mismos errores.

La juventud es una gran aventura pero a veces, como en esta ocasión, se convierte en una gran tragedia. Evidentemente, lo más fácil es pasar página, pero si queremos aprender algo de este acontecimiento y dar valor a las vidas truncadas, para en el futuro no tropezar en la misma piedra, considero necesario algún momento de reflexión.

Personalmente me pregunto: ¿Quién acompaña hoy a nuestros jóvenes en la búsqueda de la verdad? ¿Quién les indica en el camino de la vida las trampas de sus deseos? ¿Quién sana las heridas de los caídos y excluidos de nuestra sociedad? Los jóvenes descubren inmediatamente donde hay autenticidad, sin embargo les cuesta enormemente descubrir la presencia del mal.

Entiendo que debemos acoger la realidad de nuestros jóvenes con cariño y respeto pero a la vez tenemos la responsabilidad de proponer otro modelo de vida alternativo que ilusione y no defraude. Como sacerdote, amigo de Jesús, no renuncio a mis convicciones y seguiré proponiendo a tiempo y destiempo la alegría del Evangelio que como dice el Papa Francisco “llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría”. Ahora bien, es evidente que para que nuestros jóvenes lo descubran es necesario ganarse su confianza y entrar en el terreno personal desde la acogida, la escucha y el diálogo.

Desde aquí quiero hacer llegar a los padres y familiares de Roberto, Raquel, Roberto y Victor mi profunda solidaridad en el dolor y la esperanza. Nadie puede imaginar el inmenso dolor y vacío que provoca la muerte de un hijo. De repente se rompe el sentido de la maternidad-paternidad y se quiebra el sentido de la vida. El vacío es desgarrador y modifica toda existencia. Solo Dios sabe lo que estáis sufriendo. Pero la vida se va imponiendo. Estoy seguro que el recuerdo de su amor y cariño, y también la cercanía de la gente que os quieren, os servirá de apoyo para continuar el camino de la vida.

Nuestra fe en Cristo, muerto y resucitado, nos asegura que “en Él brilla la esperanza de nuestra feliz Resurrección”. Así, la muerte de estos chicos se ha convertido en una verdadera sementera. Esta cuatro semillas quedarán sembradas en nosotros para siempre y darán fruto junto a Dios.



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